Insatisfechas e inseguras. Así nos quieren.
Cada día, las mujeres recibimos comentarios, miradas, descalificaciones… Sobre cómo somos. Sobre cómo deberíamos ser.
Estos mensajes que recibimos del entorno afectan a cómo nos sentimos y amplifican nuestra insatisfacción. Nos hacen creer que nunca somos suficientes.
Nos quieren desnutridas y débiles. Porque un cuerpo inseguro y frágil es más fácil de controlar. Porque hay todo un sistema que se beneficia de nuestra insatisfacción y falta de autoestima. De nuestra lucha constante por querer encajar en un molde imposible.
Puede que no podamos escapar de su juego, pero podemos entenderlo. Podemos nombrarlo. Y podemos empezar a cambiar la narrativa.
Hablamos sobre los TCAs y cómo los estereotipos y roles de género afectan a la relación que tenemos con nuestros cuerpos.
¿Qué son los TCAs?
Los Trastornos de la Conducta Alimentaria, o TCAs, son enfermedades mentales graves que afectan cómo nos relacionamos con la comida, nuestro cuerpo y, en última instancia, con nosotras mismas. Entre los más conocidos están la anorexia nerviosa, la bulimia y el trastorno por atracón.
Pero no se trata “solo” de problemas con la comida. Esto solo es la parte más visible de toda una lucha constante, 24/7, dentro de tu propia mente.
Imagina que todo el tiempo tienes a alguien diciéndote que no vales, que tienes que pelear contra tu cuerpo, que no haces las cosas bien, que todo es tu culpa, que mereces un castigo, que nadie te va a querer.
Todo este caos mental puede acabar afectando a todas las áreas de la vida: relaciones, estudios, trabajo, e incluso el simple hecho de existir.
¿Cuántas personas sufren TCAs?
Saber exactamente cuántas personas luchan a diario contra los TCAs es difícil.
Hay muchos casos sin diagnosticar, por muchos motivos y los datos oficiales son limitados y no reflejan completamente la realidad.
Por ejemplo, En España, no tenemos de estadísticas ni censos de pacientes diagnosticados con TCA en atención primaria o consultas privadas. Los datos que tenemos corresponden con ingresos o casos atendidos en unidades específicas de TCAs en centros públicos.
Según datos de 2018 de la Sociedad Española de Médicos Generales y de Familia, la prevalencia de los TCAs en España se sitúa entre el 4,1% y el 6,4% en mujeres de entre 12 y 21 años, mientras que en hombres es del 0,3%. Las mujeres representan 9 de cada 10 casos diagnosticados.


Aunque podemos intuir que la cifra probablemente es mayor.
Solo en 2022, más de 3000 mujeres fueron hospitalizadas por anorexia y casi 1000 por bulimia en unidades especializadas públicas.

Los profesionales de la salud reportan un aumento en los casos de TCA en edades cada vez más tempranas, detectando señales en niñas de 10 – 12 años.
Según este meta análisis de 2023, más de 1 de cada 5 adolescentes muestra signos de un TCA, con una incidencia del 30% en chicas y del 17% en chicos.

Estas cifras nos muestran que no se trata de casos aislados; los TCAs son un problema colectivo que refleja patrones sociales más amplios.
Los TCAs, como decíamos, son enfermedades mentales graves que tienen causas complejas y multifactoriales.
Desde la genética, a la familia, la socialización, el entorno… hay muchísimos factores que influyen en que una persona desarrolle un TCA y ningún factor aislado puede predecirla por sí mismo.
Sin embargo, hay un factor que afecta de manera desproporcionada a las mujeres: la presión social que dicta qué aspecto debemos tener, cómo debemos comportarnos y cuánto valemos en función de nuestro cuerpo.
Estas normas o imposiciones no surgen de la nada, sino que están profundamente arraigados en los roles y estereotipos de género que moldean nuestra sociedad.
Roles y estereotipos de género
Los estereotipos de género son construcciones sociales interiorizadas, ideas compartidas por una sociedad, que influyen en la forma de ser y vivir de las personas. Definen cómo debemos ser y qué conductas y roles debemos adoptar en función de nuestro género.
En un sistema patriarcal, los roles tradicionales asignan a los hombres el ámbito público y a las mujeres el privado. Los hombres son sujetos activos, definidos por su funcionalidad y poder y su autoestima depende de su competencia y fuerza. Mientras tanto, las mujeres son objetos pasivos, valoradas principalmente por su atractivo físico: belleza, juventud y delgadez. De estas características depende su autoestima, lo que las hace especialmente vulnerables a las presiones sociales sobre su apariencia.
Estas ideas no se quedan en expectativas individuales. Se convierten en normas sociales que atraviesan todos los ámbitos de la vida, activando mecanismos que perpetúan las desigualdades de forma sutil pero profundamente dañina. Y que nos invitan, bajo riesgo de exclusión o humillación, a encajar en unos moldes que otros han diseñado para nosotros.
Estos moldes sociales no solo limitan nuestra libertad, sino que generan un sistema de control que se refuerza constantemente a través de la violencia simbólica.
Violencia simbólica
Te quieren guapa, joven, delgada. Te quieren en una competición constante y sin final contra el resto de mujeres. Quieren que encajes deseos ajenos, que seas obediente, agradable, y sobre todo, que no molestes demasiado. Quieren que gastes tu energía, tu tiempo y tu dinero en ser cómo se espera de ti, en convertirte en esa chica.
Pero nunca es suficiente. Nunca somos suficiente.
El sociólogo Pierre Bordieu (1994) acuñó el concepto violencia simbólica que describe “una relación social asimétrica donde el ‘dominador’ ejerce violencia indirecta y no físicamente directa en contra de los ‘dominados’, los cuales no la distinguen claramente o son inconscientes de dichas prácticas en su contra (…)” Bordieu (1994)
La violencia simbólica es un tipo de violencia sutil e invisible que se ejerce a través de símbolos, normas, valores y prácticas culturales; haciendo que se interiorice la discriminación y las desigualdades como si fueran normales o naturales.
La violencia simbólica está por todas partes:
- Son los comentarios aparentemente inofensivos de tu abuela o tu tía sobre “lo bien que te verías si perdieras un poquito de peso” o “qué cuerpazo tienes” estando tú en infrapeso.
- Es ese amigo que comenta: “¿No te importa que se te note la barriga en ese vestido?”.
- Es tu pareja diciendo que «te queda mejor la ropa holgada» o sugiriendo «que podrías probar un poco más de gimnasio».
- Es tu jefe haciendo un “chiste” sobre que las mujeres deberían maquillarse para parecer profesionales.
- Es la influencer que publica fotos con filtros exagerados hablando sobre belleza natural, mientras promociona productos para perder peso.
- Es esa amiga que insiste en que comer saludable significa contar calorías. Son los “cheat meals”. Es la cultura de la dieta.
- Es la “operación bikini” antes de ir a la playa o la idea de que tu valor se mide por el número que pone en la báscula o en una etiqueta de ropa.
- Es la homogeneización de la belleza en los medios: siempre jóvenes, blancas, delgadas, de piel inmaculada y cabello sedoso, como si esa fuera la única versión válida de belleza.
Todo esto crea un contexto donde la insatisfacción corporal no es que sea común, es que es esperable.
Se glorifica la delgadez extrema como el ideal absoluto, mientras se ignoran o ridiculizan los cuerpos diversos y saludables.
Todo este entramado de roles, estereotipos y violencia simbólica no es inocuo, sino que tiene un impacto directo y devastador en la vida de las personas, especialmente en las mujeres.
La interiorización de estos mensajes genera insatisfacción corporal, baja autoestima y, en los casos más graves, trastornos de la conducta alimentaria (TCAs).
Redes Sociales y medios de comunicación
El mundo ha cambiado considerablemente en los últimos años, especialmente con el auge y la evolución de las redes sociales, que han transformado tanto los estándares de belleza como las dinámicas relacionadas con el cuerpo y la autoestima.
Plataformas como TikTok e Instagram han popularizado nuevas tendencias estéticas que perpetúan ideales inalcanzables, generando un entorno de constante comparación y presión social.
Contenido como los hashtags de dietas y fitness o los populares #WhatIEatinADay acumulan miles de millones de visitas. Muchas de estas publicaciones ensalzan imágenes de cuerpos normativos, reforzando mensajes que asocian la delgadez con éxito, belleza y valor personal.
Además, promueven la falacia del “si quieres, puedes”, un discurso que responsabiliza únicamente a la persona de no alcanzar estos estándares, ignorando lo dañino que puede ser.
Esta idea de “cuerpo perfecto” ha ido evolucionando y hemos sido testigos a través de las redes sociales de la delirante exigencia y cambios constantes de los estándares. Del auge del body positive, que buscaba promover la aceptación de la diversidad corporal, a los discursos centrados en la “transformación” y la búsqueda de la “perfección”. De cuerpos curvilíneos con cinturas imposiblemente pequeñas y voluminosos glúteos y labios, al regreso desde los principios del milenio, patrocinado por Ozempic, de tendencias estéticas como el ‘heroin chic’, que glorifica cuerpos extremadamente delgados, pálidos y frágiles, ignorando deliberadamente el daño físico y psicológico que comportan.
Los algoritmos están diseñados para mostrar lo que genera más interacción y suelen priorizar las imágenes que más se ajustan a los estándares de belleza, bombardeando con imágenes idealizadas, especialmente a los adolescentes, y contenido que perpetúa las inseguridades sobre su cuerpo. Los filtros que distorsionan la apariencia física contribuyen aún más a este mensaje: la belleza natural nunca parece ser suficiente.
Es importante recordar que las redes sociales son empresas privadas, que trabajan en colaboración con otras industrias como la de la moda, la belleza y el bienestar. Su objetivo no es neutral: cuanto más insegura estás, más gastas en productos que pueden acercarte a ese ideal.
En este sistema, todos ganan, excepto tú.
Al final, las redes no solo moldean nuestra percepción del cuerpo, sino que también capitalizan nuestras inseguridades para generar beneficios económicos. El entorno digital, donde los estándares de belleza son perpetuados y amplificados por algoritmos y contenido viral, afecta no solo la percepción del cuerpo, sino que también refuerza dinámicas sociales dañinas que, profundamente arraigadas en nuestra cultura, se integran en las familias, los espacios de trabajo, las instituciones médicas y la educación.
El Informe del Instituto de las Mujeres 2024 aborda este impacto, mostrando cómo estas influencias culturales y sociales se traducen en experiencias reales que afectan gravemente a las personas.
Informe del Instituto de las Mujeres
El último informe del Instituto de las Mujeres, de 2024, a cargo de la psicóloga e investigadora María Calado, revela cómo los factores culturales, como la violencia simbólica, el estigma del peso y la falta de diagnósticos adecuados, son elementos clave en la problemática de los trastornos de la conducta alimentaria (TCAs).
Este estudio, basado en grupos de discusión con profesionales, activistas y mujeres que padecen o han padecido TCAs, junto con encuestas online, concluye que existe un impacto social y económico real. Los resultados de los grupos de discusión destacan que los medios de comunicación ejercen una violencia simbólica al distorsionar la diversidad corporal, asociar la delgadez con éxito y belleza, y reforzar los roles de género que perpetúan la desigualdad y la cosificación de las mujeres.
Las mujeres con cuerpos no normativos enfrentan discriminación sistemática, vergüenza, culpa y baja autoestima, lo que incrementa su vulnerabilidad a desarrollar trastornos alimentarios. Además, un número significativo de mujeres ha reportado haber recibido violencia estética e institucional en el ámbito familiar, escolar, laboral y médico.
Según el informe, la mayoría de las mujeres que han sufrido un TCA manifiestan haber vivido situaciones de infravaloración en relación con decisiones sobre alimentación, aspecto físico, peso, ejercicio físico y forma de vestir.
Como veíamos antes, el mensaje está por todas partes. Y este mensaje cala hasta lo más profundo, hasta que nos valoramos únicamente en función de nuestra apariencia:
- Preocupándonos por el peso.
- Comparándonos constantemente con otras personas.
- Restringiendo nuestra alimentación.
- Viendo nuestro cuerpo como una serie de partes independientes que deben modificarse o mejorarse, en lugar de como un cuerpo humano vivo, completo y único.
Para Calado, resulta alarmante que un 38,9% de las mujeres encuestadas que padecen un TCA manifiesten que no han sido diagnosticadas y que un 70,5% no reciba tratamiento, lo que evidencia importantes barreras de acceso al sistema de salud.

Además, existe unanimidad entre las participantes al señalar que la mayoría de los/as profesionales médicos utilizan el peso como indicador de salud, interiorizando la delgadez como ideal y la obesidad como enfermedad.
Los resultados de la encuesta online muestran que la mayoría de las mujeres encuestadas han vivido infravaloraciones en el ámbito familiar:
- Forma de vestir (83,4%).
- Aspecto físico (90,7%).
- Decisiones sobre alimentación (96,3%).
- Ejercicio físico (86,8%).
- Peso (88,3%).
La familia, los profesionales médicos y los compañeros de trabajo o estudio son las principales fuentes de comentarios que refuerzan la insatisfacción corporal. Estas situaciones pueden actuar como factores precipitantes, incluso si son puntuales, cuando existe una vulnerabilidad personal.
Las mujeres también perciben discriminación frecuente en publicidad, medios, redes sociales, entornos médicos y laborales, especialmente aquellas con cuerpos no normativos.
Por otro lado, los resultados de las encuestas indican que el 90% de las encuestadas apoya iniciativas para fomentar el pensamiento crítico desde la infancia, formar a profesionales y sensibilizar a la población sobre los daños de los estereotipos. También se señala la necesidad de normativas en las industrias de publicidad, moda, belleza y redes sociales para reducir los mensajes dañinos. Se enfatiza desvincular el éxito femenino del peso corporal, representar mayor diversidad corporal y promover la alfabetización mediática.

En conclusión, las mujeres reconocen la necesidad de cambios sociales estructurales para combatir los roles y estereotipos de género que perpetúan las desigualdades y nos hacen más vulnerables a sufrir TCAs.
Transformaciones necesarias
Los resultados de la encuesta subrayan la urgente necesidad de cambios estructurales en nuestra sociedad para combatir los roles y estereotipos de género que perpetúan las desigualdades y aumentan la vulnerabilidad a los trastornos de la conducta alimentaria.
Se identifican varias transformaciones necesarias:
- Fomentar la diversidad y la aceptación corporal: Reconocer que todos los cuerpos son valiosos y suficientes tal y como son, sin importar su forma, peso o características.
- Desafiar los roles y estereotipos de género: Cuestionar los mensajes que asocian el valor de las personas con su apariencia, promoviendo una narrativa que valore la capacidad, el talento y la individualidad.
- Hablar abiertamente sobre salud mental: Generar espacios de diálogo empático donde se pueda escuchar sin juzgar a quienes sufren, recordándoles que no están solos y que pedir ayuda es fundamental.
- Educar a las nuevas generaciones: Enseñar a identificar señales de alerta relacionadas con los trastornos alimentarios, fomentar el autocuidado y promover una autoestima basada en aspectos internos, no externos.
Estas transformaciones no solo son necesarias, sino imprescindibles para construir una sociedad más inclusiva, justa y respetuosa, donde las mujeres puedan ser valoradas por lo que son, más allá de cómo lucen.
Conclusiones
Los Trastornos de la Conducta Alimentaria (TCAs) reflejan una problemática compleja que trasciende lo individual, enraizada en un sistema social que impone estándares de belleza inalcanzables y roles de género que perpetúan la desigualdad.
La violencia simbólica y el estigma del peso, amplificados por los medios y las redes sociales, alimentan la insatisfacción corporal y afectan gravemente la salud mental de las mujeres.
El cambio comienza contigo y conmigo. Podemos cuestionar los comentarios sobre el cuerpo, rechazar la cultura de la dieta y apoyar a quienes luchan contra los TCAs. Podemos exigir una representación más diversa en los medios, fomentar la educación crítica en nuestras comunidades y promover políticas que protejan nuestra salud mental.
Recuerda: no eres lo que dice la báscula, una talla o un espejo. Eres una persona completa, valiosa y suficiente, exactamente como eres.
Referencias
American Psychiatric Association. (2014). DSM-5: Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales.
Calado (2024) Informe Mujeres jóvenes y trastornos de la conducta alimentaria. Impacto de los roles y estereotipos de género. https://www.inmujeres.gob.es/areasTematicas/AreaEstudiosInvestigacion/docs/Estudios/TrastornosConductaAlimentaria.pdf
Lopez-Gil, J. F., Garcia-Hermoso, A., Smith, L., Firth, J., Trott, M., Mesas, A. E., & Victoria-Montesinos, D. (2023). Global proportion of disordered eating in children and adolescents: A systematic review and meta-analysis. JAMA pediatrics, 177(4), 363-372.
Sociedad Española de Médicos Generales y de Familia (2018, 30 noviembre) Los trastornos de la conducta alimentaria son la tercera enfermedad crónica más frecuente entre adolescentes [Comunicado de prensa] https://www.semg.es/images/stories/recursos/2018/agenda_actividades/nota_prensa_20181130.pdf
